El fallecimiento de un ser significativo produce un impacto profundo en todos y, por supuesto, en los niños y adolescentes. Una herida se abre. La reacción del sufrimiento, con sus muchos síntomas en todas las dimensiones (corporal, emocional, mental, relacional, valórica y espiritual), se hace presente, desborda. Surgen muchos cambios en la rutina cotidiana.
Se impone de inmediato afrontar esa realidad, que no se debe ignorar, ni dejar de aceptar. A su vez, son inevitables las transformaciones que debe asumir cada apenado para hacerse dueño de un proceso de sanación de raíz; es el trabajo de duelo que, con protagonismo y sin excepción, todos deben emprender, también los niños y adolescentes, aplicando los recursos disponibles: personales, comunitarios y espirituales. Sólo se transforma el sufrimiento, si se transforma el sufriente.
Aquellas experiencias enseñaron a toda la familia que abordar la muerte no es sólo considerar el hecho puntual que da por terminado un ciclo en esta tierra, sino encararla como característica ontológica básica existencial. La muerte forma parte de la vida, de cómo la entendemos, la vivimos, y de su sentido y misión.
No basta con preguntarnos qué sucede después del fallecimiento. La muerte lleva a cuestionarnos qué sucede con nuestra existencia. Si la ponemos como hermana gemela de la vida, maestra educadora
Tener un concepto de muerte elaborado ayudará a contar con un botiquín de recursos para todo trabajo de duelo, que hay que iniciar tras el fallecimiento de un ser querido. No evitará el sufrimiento, pero sí la desorientación, incertidumbre y desesperanza.







