Durante décadas, su rostro fue sinónimo de credibilidad en la televisión boliviana. Su voz, firme y serena, acompañó a miles de hogares con información veraz, oportuna y comprometida. Hoy, esa misma voz —la de José Gabriel López— se apaga en medio del olvido, la soledad y la precariedad.

Referente indiscutible del periodismo nacional, López entregó su vida a los medios de comunicación. Trabajó en reconocidas emisoras y canales de televisión, dejando una huella imborrable en la construcción de un periodismo ético y profesional. Sin embargo, su presente contrasta drásticamente con su brillante pasado: sin familia cercana, sin un lugar donde dormir y alejado de quienes alguna vez fueron colegas o amigos, atraviesa una de las etapas más difíciles de su vida.

Las puertas de los medios que lo vieron crecer parecen hoy cerradas. Su historia revela una cruda realidad que afecta a muchos trabajadores de la comunicación en el país: la falta de protección social, el olvido institucional y la invisibilización de quienes, desde su trinchera, construyeron la historia reciente de Bolivia.

La situación de José Gabriel López no puede ni debe pasar desapercibida. Su caso interpela a la sociedad civil, a los gremios periodísticos y a las autoridades sobre la urgente necesidad de crear mecanismos de apoyo para quienes dedicaron su vida al servicio público desde el periodismo.

Hoy, más que nunca, José Gabriel necesita una mano solidaria. Su legado merece ser recordado, respetado y protegido, no como un acto de caridad, sino como un acto de justicia.