
El trigésimo noveno presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, ha muerto a los 100 años de edad en Plains, la aldea de apenas 600 habitantes en la que nació y creció en Georgia. Carter, que ejerció la presidencia de 1976 a 1980, esperaba la muerte desde hacía tiempo. En marzo de 2022, renunció a realizar más revisiones médicas, lo que desató la especulación acerca de su inminente fallecimiento.
En realidad, el ex presidente mantuvo su tratamiento médico pero simplemente se negó a seguir siendo examinado para tratar la evolución de sus dolencias. La causa de la muerte no ha sido hecha pública. Carter había sobrevivido en 2015 a un melanoma que se había extendido a su hígado y a su cerebro, gracias al empleo de anticuerpos. Su padre y sus tres hermanos fallecieron de cáncer de páncreas.
Carter deja un lega complejo. Sus cuatro años en la Casa Blanca fueron el escenario en el que se desarrollaron muchas de las crisis que todavía hoy siguen vivas en el mundo. Con él, Estados Unidos empezó a dar armas a las guerrillas anticomunistas afganas en julio de 1979, cinco meses antes de que la Unión Soviética invadiera ese país, en lo que se ha considerado como el inicio del proceso histórico que generó los atentados del 11-S, la posterior intervención estadounidense y, finalmente, el regreso de los talibán, que siguen en el poder.
La invasión soviética de Afganistán también hizo que EEUU dejara de comprar trigo a la URSS y prohibiera la exportación a ese país de material de alta tecnología – incluyendo la necesaria para la extracción de petróleo y gas – a ese país, en una serie de movimientos que recuerdan a la reacción de Occidente tras el ataque ruso a Ucrania de 2022. Carter diría más tarde que en ese momento – exactamente el 28 de diciembre de 1979, hace 45 años – «perdí todas mis esperanzas».
El eje de su política internacional había sido obligar a los aliados de EEUU a respetar los derechos humanos y alcanzar un modelo de coexistencia con la URSS. Lo primero acabó enajenándole el apoyo de aliados de EEUU, y disminuyendo la capacidad de las Fuerzas Armadas del país, como cuando ordenó la retirada de los aviones espía que vigilaban el cruce del cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, de submarinos nucleares soviéticos del Atlántico al Índico.
Los acuerdos de limitación de armas nucleares estratégicas SALT II alcanzados entre Carter y el secretario general del Partido Comunista de la URSS, Leonid Breznev, nunca fueron ratificados por el Senado de EEUU debido a la invasión de Afganistán aunque, paradójicamente, ese país los siguió cumpliendo.







