Pese a los intentos y a los planes de ordenamiento que cada cierto tiempo se lanzan desde el municipio, con al fin de solucionar la presencia de la informalidad en los mercados de la capital cruceña, la realidad contrasta completamente con estos intentos.

Dos ejemplos conviven con la urbe, entre el primer y segundo anillo de la ciudad, es decir en el centro de la ciudad a pocas cuadras de su plaza principal y en medio de un descontrol, que pese a los esfuerzos por dejar expeditas las calles para vehículos y peatones, todavía sigue perdiendo la batalla ante la realidad de todos los días.
Son las cinco de la tarde y el caos es evidente en las calles que rodean la zona, de lo que erróneamente se señala como Los Pozos antiguo, donde supuestamente no deberían existir comerciantes en las calles por que se retiró a los ambulantes para darles un espacio en la zona del Cambódromo, para lo que la anterior gestión municipal invirtió tiempo, dinero y esfuerzA una cuadra del corazón de Los Pozos, las aceras lucen cubiertas por vendedores que ofrecen desde cortaúñas, hasta ropa interior de todo color, tamaño y forma, pasando por comida que se hace en la calle, compartiendo espacio con los vehículos del servicio público y privado que pasan despacio, como haciendo piruetas para no llevarse por delante a algún comprador o algún comerciante.
Este ejemplo de convivencia, forzada o cómplice, se la vive a lo largo de las calles Quijarro y Campero, la primera la que cruza todo el mercado y la segunda la que sale del comercio, donde además el mercado de las cosas de dudosa procedencia o ‘cachivachis’ cada vez cobra más tamaño, fuerza y presencia, pese a las innumerables veces que se ejecutaron acciones para retirarlos.

Hay calles como la 6 de Agosto, que definitivamente dejó de ser un lugar para los vehículos y pese a que en su edificación se pensó en que por el lugar exista una vía de circulación vehicular y hasta se pintaron pasos peatonales, nada de esto sirvió, porque el lugar es un espacio más para la venta de todo.
«Esto no cambiará nunca, esto nació mercado y morirá como mercado”, asegura una comerciante mientras ofrece peines de todo precio, tamaño y color. Celia Campero, de 64 años, lleva 20 vendiendo en las calles y recuerda como la Alcaldía intentó sacarlos varias veces, pero al mismo tiempo dice que esto es imposible, porque la necesidad es más grande que cualquier otra cosa.
Celia, comparte su espacio en el piso con Carlos Espada, un hombre que vende chinelas y él, al igual que su vecina, dice que no se puede cambiar un espacio solo por cuestiones políticas y respalda su posición, asegurando que ellos, ´los ambulantes’, son necesarios para la gente que no tiene mucho dinero y no puede ir a los comerciales a buscar lo que requiere porque el dinero no le alcanza.
A lo largo del recorrido que hicimos para ver el descontrol que hay en esta zona, no encontramos autoridad o personal municipal alguno que trate de hacer cumplir el despeje de las vías del lugar, ya que habiendo el otro mercado en la zona del Cambódromo, el enmarañado de calles que coexisten en Los Pozos debería estar despejado.
Igual realidad se vive en el centro de abastecimiento que es parte de la mancha urbana entre el primer y segundo anillo, La Ramada nunca se resignó a dejar las calles, pese a los incendios y a los enfrentamientos que protagonizan ambulantes y gendarmes municipales cada cierto tiempo.

En La Ramada como en Los Pozos, mercados que cuentan con dos centros gigantescos construidos tiempo atrás por la comuna para que no existan vendedores usando las calles como puestos y generando caos en un espacio que se pensaba recuperar para la ciudad, la informalidad ganó esta batalla.
La Ramada se comienza a respirar, ver y sentir desde la calle Mario Flores, ya que la calle comienza a ser el espacio favorito para comerciantes de todo el país y que solo toman posesión de la acera que le robarán al peatón y ponen a exposición de todos lo que venderán.
Ya sobre la avenida Grigotá y en todas las calles que conducen al corazón del mercado, desde el primer hasta el segundo anillo, el desorden es total. La gente debe chocarse entre sí para circular por el lugar, el mobiliario urbano que le costó a la comuna algunos miles de bolivianos desapareció o mejor aún, es usado por los comerciantes como parte de su mobiliario para ofrecer sus productos.
«Ya no hay casetas instaladas en las calles, pero igual los ambulantes siguen ofreciendo de todo en las calles y eso nos resta clientes. Nosotros pagamos alquileres, impuestos y hasta algunos entregan factura, y ellos (los ambulantes) siguen ganando sin que nadie los controle o retiren de la zona”, se queja Gabriela Terceros, una vendedora de ropa en el comercial que es el centro de La Ramada.

Si bien por algunas horas y sin demasiada autoridad durante el día se puede ver gendarmes tratando de controlar la marea de ambulantes que gana las calles a diario, al caer las tardes todo cambia y la libertad para hacer y ocupar lo que sea necesario para vender, convierten nuevamente a La Ramada en el mismo mercado que casi terminó completamente transformado en cenizas por un incendio, pero que pese a todos los intentos por dejar de ser el caótico espacio a pocas cuadras del centro urbano cruceño, sigue siendo un lugar donde lo informal ganó y el caos reina irremediablemente.
La Alcaldía aún tiene una tarea pendiente para ganar el control de estos espacios, que los mismos comerciantes formales exigen liberar.







